Anticipar para acompañar, no para etiquetar.
Proyecta trayectorias de adherencia y respuesta a 90 días, con banda de incertidumbre y una ventana concreta en la que intervenir.

Regularidad de las sesiones, cancelaciones y huecos entre citas, tratados como señal clínica y no como incidencia administrativa.
Rupturas y reparaciones registradas por el clínico, ponderadas junto a los marcadores de voz y de sentimiento.
Curva de mejora de las primeras cuatro sesiones, comparada con la trayectoria esperada para el cuadro y la severidad.
Cada etapa deja rastro: qué dato entró, qué se descartó y por qué. El clínico puede detenerse en cualquiera de ellas antes de leer la conclusión.
Se parte del expediente: sesiones, asistencia, hitos y cambios de plan terapéutico.
Los marcadores de voz y la topografía afectiva entran ponderados, nunca de forma aislada.
El modelo dibuja la trayectoria esperada con su banda de incertidumbre, explícita a 90 días.
Se detecta la ventana en la que una intervención cambia la trayectoria con más probabilidad.
El clínico recibe una sugerencia de refuerzo que puede aceptar, ajustar o descartar con un clic.
Estimación a 90 días con su banda de confianza y las tres señales que más pesan en el cálculo.
El intervalo concreto en el que reforzar la alianza o ajustar la cadencia de sesiones.
Sugerencias concretas y editables: recontacto, cambio de frecuencia, revisión de objetivos.